Muerte surrealista por Cristina Gutiérrez Mar

 


 

 En el patio encantado de la casa, alejada del bullicio de la ciudad, yace enterrada junto a los rosales una hermosa dríade, ninfa que vivió por muchos años aconsejando a las tantas generaciones de la familia.  Amistosa con las almas puras y mejor amiga de un hada bizca que vivía en las flores perfumadas.  La dríade amó a los niños que habían habitado en aquella morada, pero cuando se convertían en adultos, (solía decir ella) el amor se les desvanecía como quien tira el telón de un jalón y, lo banal ganaba por encima de los sentimientos; hasta que la vejez llegaba junto con arrepentimiento y soledad.

Han pasado veinticinco años y la dulce niña que amaba en ese entonces con tanto fervor a la dríade, ha heredado la casa después que su mamá falleciera.  Pero no la quiso, está en venta, ¿la compras?

 

Un cuarto de siglo antes:

Testimonio del ojo derecho de un hada bizca

Sí, mi dulce niña, yo la vi con mi ojo derecho, la luz del candil iluminaba bien el ángulo. La noche estaba tibia, eran las dos de la mañana, lo sé por la ubicación de la doble luna que contemplaba. ¿Te gusta mirar la luna? Si observas bien, puedes ver reflejado parte del universo en su brillante luz.

Supe que fue ella y no un vándalo. Su espalda curva era inconfundible, el camisón feo color palo de rosa lo llevaba puesto, sus senos caídos se transparentaban a través de la delgada tela, usaba los calcetines viejos de dormir y las pantuflas de peluche enredado. La observé desde que salió al jardín por la puerta trasera, ella está media sorda, por lo mismo hace mucho escándalo a su paso. La motosierra que fuera de tu abuelo la llevaba en las manos, ¡su cara!, cómo olvidarla, la mandíbula la llevaba sellada y su nariz arrugada, supongo que por apretar la boca y, su mirada era lúgubre en aquellos ojos pistache con inicios de cataratas.

En pocos minutos estuvo parada frente al árbol de la dríade, sin reflexionarlo siquiera y sin ningún parpadeo visible, lo cortó en un sólo movimiento, sin piedad alguna. La dríade salió del angosto tronco, pero no logró escapar, su cuerpo estaba cortado a la mitad y falleció en seguida. La sangre derramada pintó parte del tronco y un lago rojo quedó tendido en el pasto recién cortado.  Si tuviéramos vecinos, alguno de ellos hubiera venido a revisar el singular ruido, pero cómo sabes, aquí únicamente hay baldíos y un cielo triste cuando no vienes a visitar a tu abuela.

 

Testimonio del ojo izquierdo de un hada bizca

Sí, mi querida y dulce niña, yo la vi con mi ojo izquierdo, en la penumbra de la noche; a pesar de la luz de la doble luna que contemplaba, el candil estaba del otro lado de mi ojo, no tenía mucha visibilidad, además la noche vestía de neblina, sin embargo, aun así, la distinguí.  Supe que era ella y no un ladrón. ¿Te he preguntado antes si te gusta la luna? Si la observas bien, puedes obsequiarte su reflejo para tu mortalidad. Aquella noche distinguí su espalda curva que es inconfundible, vestía un camisón transparente, sus senos caídos y movedizos danzaban a su paso; llevaba calcetines altos y calzaba pantuflas anchas.  

Mi ojo izquierdo volteado hacia el lado opuesto del derecho, fijó a la luna en lo alto de la colina, por tal motivo eran las tres y media de la mañana. La anciana llevaba una especie de artefacto, parecía pesado, pero ya conoces a tu abuela, es de brazos fuertes. Cuando lo encendió junto al árbol de la dríade, supe que se trataba de una sierra de motor de gasolina. ¡Su cara! Lo poco que alcance a ver era perturbador, la mandíbula estaba chueca y firme, su nariz chata tenía como ocho pliegues, supongo que por fruncir el ceño y, su mirada, era de cuervo, sí, de cuervo sombrío, daba miedo.

Sin titubear, cortó en un sólo movimiento el pequeño árbol junto con su habitante, la dríade. Como mi ojo izquierdo estaba más cargado hacia el oeste, no logré divisar la cara de la ninfa, lo único que percibí, fue un líquido oscuro que brotaba del tronco y chorreaba como un riachuelo vertical en el pasto. Nadie pudo evitar la tragedia, ni los buitres que vienen a revisar cada noche, si la viejecita ha muerto, ni la doble luna que fungió como testigo, nadie.

 

Testimonio de la sombra de la abuela

En realidad, mi pequeña niña de sombra cálida, yo estuve presente algunos instantes, irónicamente la oscuridad apaga mi gris semblante, desaparezco como un fantasma en el limbo. La luz del farol iluminó mi negrura, pegada a la anciana observé la atrocidad de frente al hogar de la dríade; el hermoso y floreado árbol del jardín fue dividido en dos con un dispositivo filoso que producía un fuerte ruido. La dríade brotó desde adentro del tronco hacia la intemperie, herida, muy herida, su delicado cuerpo de ninfa se partió y falleció a los pocos segundos. Su cabeza colgaba del tronco, sus largos cabellos tornasol cual cascada anochecían en muerte, como un lienzo surrealista. Los chorros de sangre llovían como granizos en mi humanidad deforme y aplastada.  ¿Acaso soy yo también culpable del asesinato? Pertenezco a tu abuela, soy parte de ella, es mi conciencia y obediencia.  Soy cómplice y seré desterrada a un mundo sin luz.

 

Testimonio de la Abuela

Mi dulce nietecita, estoy muy triste. Ha caído una tormenta muy fuerte a las cuatro de la mañana, el pequeño árbol de la dríade se partió a la mitad y lamentablemente murió. Me di cuenta al día siguiente que salí al jardín para checar los destrozos, no pude hacer nada. La dríade estuvo en nuestra familia por generaciones y algún día tenía que pasar algo así. La enterré junto a los rosales, sus favoritos. Sé que la amabas y te gustaba mucho platicar con ella, pero ahora yo estoy aquí contigo, para que me cuentes tus cosas, yo sabré aconsejarte bien, así como la dríade.  Ahora estaremos juntas todo el tiempo, ya no pasarás el fin de semana sentada frente a ese árbol podrido platicando con la ninfa. Yo me siento muy sola, mi pequeña niña, la soledad me carcome, nadie me visita; sólo te veo a ti. Tu madre te deja los viernes conmigo para poder irse de fiesta, no porque tenga trabajo como suele mentirte. El domingo la veo cinco minutos, según ella, tiene prisa de regresar a casa contigo y terminar quehaceres. Mi propia hija no me quiere. Tú eres lo único que me queda, tú le das alegría a mi vejez; ven, acércate, platícame cómo te va en el tercer año de primaria.

 

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