De visita por Marcela Valadez Lugo.





El portarretratos de alpaca fue tomado del librero. Los ojos repasaron, como todas las noches, a los muchos protagonistas de la fotografía. Los dedos los acariciaron. El alma suspiró. El portarretratos fue devuelto a su sitio. Las sombras entraron poco a poco al patio, recorriéndolo de lado a lado para después desaparecer fusionándose en la obscuridad del mundo.

El gallo cantó. El agua de la ducha corrió, el café se percoló. Un emparedado fue engullido (junto con un plato de sopa) frente al televisor encendido. El televisor fue apagado y los platos llevados de vuelta a la cocina. El teléfono sonó y una cita fue concertada. Las luces de la casa fueron apagadas con anhelo.  La cama se destendió al ritmo del canto de su inquilina. La almohada se hundió.

Los primeros rayos de sol alcanzaron las baldosas del patio que, primero fueron transitadas en dirección a la zotehuela y después bañadas por agua jabonosa hasta quedar relucientes. Las empedradas calles aledañas a la casa fueron recorridas por un par de zapatos bajos, un carrito con cuatro ruedas se arrastraba tras ellos.

El mercado fue abordado. Sus mercancías brillantes y olorosas fueron inspeccionadas con detenimiento. Chiles, calabazas, zanahorias, jitomates, ejotes, mazorcas y carne fueron depositados uno a uno con lentitud y amor dentro del carrito. Apretujados y un poco revueltos viajaron de regreso dando saltitos por la calle hasta adentrarse en la cocina de la casa.

Una gran tabla de picar hecha de madera recibió a los vegetales, que fueron descuartizados por orden de dureza. La olla de barro se sometió a los calores del fogón. La manteca chisporroteó en su interior. Un hocico se acercó al pantalón de pie junto a la estufa, restregándose en él para rogar por un trozo de los aromas que empezaron a invadir la casa. El pantalón caminó hacía la puerta del patio, un par de guantes de plástico húmedos y atareados llevaron hasta ahí un trocito de carne y lo arrojaron al plato que estaba afuera en el piso, cerraron la puerta.

El cuchillo terminó sus tareas y la licuadora empezó las suyas. Ajos, cebollas y chiles bailaron hasta el cansancio en su interior quedando molidas. La carne se enterneció dentro de su baño con laurel y pasó enseguida a otra tina. El manto de la salsa cubrió la carne, las verduras la acompañaron, el fuego bajo la olla de barro amainó.

El cepillo acicaló al cabello, el colorete besó a las mejillas y el carmín a los labios.

La mesa fue vestida. Un ramo de flores fue depositado en un jarrón lleno de agua. Las tortillas fueron puestas en una canasta. Sonó el timbre. Las manos, ahora desnudas, abrieron la puerta. Muchas piernas de varios tamaños se acomodaron por todos los rincones. El sol escurrió sobre los serenos y protectores muros del patio. La voz ordenó por encima de todas las conversaciones. Las espaldas se recargaron en las sillas. Las miradas se cruzaron. Las cucharas incursionaron en los platos. Las tortillas se agotaron mientras pasaban una y otra vez de un extremo al otro de la mesa. La alegría se tornó permanente por un rato.

Los ojos sobre las mejillas coloreadas sonrieron mientras la añoranza salía flotando por la ventana.

 

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